lunes, 14 de abril de 2014

Menta



Buscó la mesa vacía de la sala y empezó a chancletear. La vista baja, midiendo cada paso. Sin velocidad parecía ojear a los costados para ver si desde las otras mesas alguien seguía sus pasos. Finalmente llegó, había un tubo de porcelana con una flor de plástico en el centro del mantel de plástico cuadriculado que estaba rodeado por cuatro sillas de madera. Eligió la que daba contra la pared. Una vez sentado alzó la vista. Nadie conversaba en las otras cuatro mesas y apenas se escuchaban los ruidos que llegaban de la cocina que estaba al final del pasillo.

Por ese pasillo apareció una de las muchachas del personal y se dirigió hacia su mesa. “¿Cómo amaneció, Don Renzo? ¿Bien?”. Asintió con la cabeza y la muchacha volvió a irse al pasillo. Al rato regresó con una bandeja con las jarras de café y leche caliente, las tostadas y la mermelada. Tomó su libreta y escribió “té, por favor”  y la muchacha otra vez tuvo que volver a recorrer el pasillo hacia la cocina. Para cuando volvió quedaban dos de las cuatro tostadas que había traído en el plato. “El té”, dijo y volvió a irse. No hubo más palabras que acompañen al desayuno, apenas el ruido de los platos y las jarras que se levantaban en las otras mesas o el paso de algún compañero que se iba luego de desayunar.

Tomó el té y comió media tostada más. Volvió al cuarto. Encendió la radio y se sentó en la cama. Agarró la revista de palabras cruzadas que estaba sobre la mesa de luz, abrió el cajón, sacó los anteojos y guardó la libreta.

“De nervios irritables”, leyó. “Nervioso”, escribió.

“Abuelo del patriarca Noé que, según el Antiguo Testamento, murió a la edad de 969 años y cuyo nombre es sinónimo de longevidad”, leyó. “Matusalén”, escribió.

“Tirar piedras a una persona o cosa”, leyó. “Apedrear”, escribió.

“Camino entre casas o paredes por el que se transita en poblado”, leyó. “Calle”, escribió.

“(Justo José de) Militar y político argentino, presidente…”, leyó. “Urquiza”, escribió.

“Suavizar, dulcificar la voz”, leyó. Y abrieron la puerta.

“¿Qué hace acá? ¿No le dijeron que no se puede estar a esta hora en los cuartos? Tengo que ordenar. Vamos, vaya para el patio, por favor”, le dijo la muchacha que entraba con un balde en una de sus manos.

Resopló, se acomodó las chancletas, se pasó una mano por el pelo para achatarlo, agarró la lapicera, la revista de palabras cruzadas y apagó la radio. Cuando encaró por el pasillo escuchó que se encendía su radio y que cambiaban de dial. La muchacha en el cuarto empezó a cantar en inglés. Se detuvo un instante. Comenzó a regresar al cuarto pero se frenó de nuevo y volvió a buscar el camino hacia el patio.

Primero llegó al comedor. Estaba vacío. Había dos pasillos. El que iba a la cocina era uno. Tomó el otro. A la mitad del recorrido vio una ventana que daba a un patio. Se paró frente a la ventana y miró. En el fondo había un paredón del que desde lo alto caía una enredadera despareja. Hacia la derecha había un pequeño jardín, sobre el césped se encontraban algunas plantas y al final un cantero. El resto del piso del patio tenía suelo de cerámicos rectangulares de color bordo. Desde la ventana no se podía ver qué había a la izquierda.

Caminó por el pasillo y giró a la derecha. La puerta estaba abierta. “Cuidado con el escalón”, le dijo una señora que estaba junto a dos compañeros y otra compañera. Asintió con la cabeza, bajó con cuidado, apoyándose un poco con la mano que no sostenía ni la revista ni la lapicera. Luego del escalón se encontró ya sí con el patio. Además del grupo donde estaba la señora que le había advertido del escalón había una mesa donde cuatro hombres jugaban al dominó mientras otros tres, sentados detrás, miraban el juego. En un costado una mujer leía un libro y cerca de ella, al lado del único árbol del patio, otras dos estaban sentadas sin hablarse. Todas las sillas estaban ocupadas.

En el límite donde empezaba el césped vio de frente a una de las encargadas del lugar que conversaba con una mujer que estaba sentada en una silla de ruedas. Apenas se le veía la nuca y la cabeza. Levantó su brazo hasta que la encargada notó su llamado. “Dígame, Don Renzo”. Quebró un poco las rodillas, señaló hacia abajo y luego extendió los brazos como si los sostuvieran dos apoyabrazos. “Claro, una silla, ya le pido para que le traigan una”. Sonrió.

La encargada se fue. El avanzó hacia el césped, cerca de la silla de ruedas. Se puso a mirar el cantero del fondo. La mujer de la silla de ruedas lo miraba a la cara. Miró de reojo y volvió a mirar hacia el cantero. “Buen día”, le dijo. El sonrío apenas y asintió. “¿Le gustan las plantas?”. Girando apenas las cabezas hacia los lados le respondió.

Nadie levantaba la voz en ese patio. Detrás del paredón llegaba el ruido del tránsito que no era muy cargado, el piar de los pájaros era suave y las fichas de dominó caían sin peso sobre la mesa.

“Ah, veo que ya se hizo de una amiga. Le dejo aquí la silla”, dijo la encargada al regresar. El se ruborizó y se sentó. Abrió la revista y tomó la birome. La encargada volvió a dejarlos solos.

“Persona que provoca conflictos de carácter político o social”, leyó. “Agitador”, escribió.
“¿Es una revista de palabras cruzadas esa?”, le preguntó ella. El asintió con la cabeza. “Oiga, ¿pero usted no habla?”. Negó con la cabeza. La señora le pidió disculpas, mil disculpas. “No parece. Bueno, en realidad eso no se parece, ¿no? Qué metida de pata, señor. ¿Hace mucho que no habla?”, preguntó. Asintió. “¿No sé habrá ofendido, verdad?”. Negó.

Le propuso jugar juntos a las palabras cruzadas. Ella leería las preguntas, se abstendría de responderlas y vería la respuesta correcta luego de que él las escribiera. El acercó la silla y le pasó la revista.

“Vamos a empezar con una sencilla. A ver, a ver. ¡Acá! (Pato) Personaje de cómic creador en 1934 por los estudios Disney”, dijo ella.

El sonrío y tomó la revista con decisión. Escribió: “Donald”.

“Era muy fácil. Vamos con otra: Persona que tiene por oficio lavar la ropa”, dijo ella.
Otra sonrisa y esta vez la palabra escrita fue “lavandero”.

“Ausencia, natural o provocada, de toda sensación dolorosa”, dijo ella. “Esa la verdad que no la sé”, agregó.

El negó con la cabeza.

“Está bien, otra. Esta creo que le puede ser difícil. Ahí va: Ciudad del suroeste de Francia, en el departamento de los Pirineos Atlánticos, en el golfo de Vizcaya, cerca de Bayona”.

Ella le extendió la revista y él la miró a los ojos. Fue un segundo. Ella tomó la birome, agachó la cabeza, escribió “Biarritz” y le mostró la respuesta. Rozándole la mano él tomó la revista, miró la respuesta y sonrío con amplitud.

“Bueno, páseme, a ver si vuelve a acertar. No se decaiga”, dijo ella. Se detuvo un instante para mirarlo y luego dijo: “Resuelto, audaz”.

El escribió en la revista “decidido”.

Ella leyó y lo felicitó por su acierto. Hizo una pausa y le dijo que le querían pedir un favor.

“Mire, las enfermeras no me dejan ir por el césped. El suelo es muy irregular y tienen miedo de que la silla se vuelque. Yo con ayuda puedo caminar. ¿Usted me ayudaría a acercarme hasta el cantero?”.

Ella le dio las instrucciones: primero aflojó el cinturón que la sostenía a la silla y colocó las correas a los costados. Tocaban los pedales. Se agachó sin prisa y los giró hacia adentro para liberar los pies. Ella le pidió que se irguiera apenas y se tomó de sus hombros con ambas manos. “Ahora”, ordenó y juntos subieron. La cabeza de ella quedó a la altura del pecho y tuvo que levantar la vista para verle los ojos. El recogió el brazo y ella se aferró. Comenzaron a caminar hacia el cantero del fondo. Lo hicieron despacio. Los pasos eran suaves al igual que el sonido de las fichas de dominó, el piar de los pájaros y el ruido del leve tránsito.

Llegaron al cantero. “¡Acá está!”, exclamó ella. Le tomó la mano con firmeza y le dijo: “no me deje caer ahora”. Se inclinó con lentitud, extendió la mano hasta una de las plantas y cortó una hoja. Se la acercó a la nariz y aspiró con intensidad. Luego dijo “pruebe” y su mano fue hacia el rostro de él que también aspiró. “¿No es hermoso el aroma de la menta?”, se preguntó mientras se miraban.

Entonces él se inclinó, sin dejar de sostenerla, y cortó más hojas. Luego se fueron a pedir unas limonadas a la cocina. Les agregaron las hojas que habían cortado del cantero.

jueves, 13 de marzo de 2014

Cita





Empezaba a caer el sol del viernes y subía la puta “uniquiditis”. Empezaba a sentir los síntomas. Hace dos meses que se manifestaba. Parecía que podía lidiar con ella, disuadirla y que se retirara por momentos. Se alejara. La olvidara. Pero empezaba el fin de semana y las condiciones propiciaban su nueva arremetida. Quienes hemos coqueteado con el amor sabemos que la “uniquiditis”, ese estado que se confunde con estar enamorado, puede ser una condena, un padecimiento, una patología, una infección; de allí el “itis”. Esa enfermedad del corazón que contagia a la mente y nos hace creer que una mujer es especial, única. Esto es solamente una ilusión, ya que ella es igual a billones de mujeres en el mundo. Esta ciudad se ha llenado de muñequitas articuladas preocupadas por su silueta, por ¿mi-papá-me-mima? e imposibilitándose la existencia con su deseo de ser deseadas por envase y contenido. Salen de esa parrilla que es la adolescencia algo arrebatadas, como para un golpe extra de microondas que solemos ser nosotros. Con unas dicotomías insufribles: la carrera o la pareja, el trabajo o ser madre. La necesidad de ser respetada… con la aclaración “como mujer” siempre unida. Como si el respeto fuera primordialmente una cuestión de género. Un lastre infumable el de las mujercitas prefabricadas. Lastre que inmediatamente debe ser compartido, porque estar en pareja es eso, ¿viste? Es todo de a dos, la media naranja que te completa. Ese otro que se acopla. Como si faltara algo. Vos me completás. Es decir que sos algo así como un riñón que me faltaba, porque yo soltero no soy un todo, no, soy un medio, una mitad. Entonces después cómo carajo no luchar contra todo para mantenerse, ¿no? Cómo no pelear por ese hígado que te falta. Si lo que está faltando es que dejaste de ser. De ser un ser. Sos medio ser porque no estás completo. Sos media naranja, no das todo el jugo. 

Y así se cae en la “uniquiditis”. En eso de que el otro es único. Y me estaba brotando porque el fin de semana es un ecosistema ideal para la “uniquitis”. Pero en la vida todo tiene cura. "Andá y garchate otras diez" es el tratamiento que se prescribe. Una, dos o tres serían insuficientes. También siete. Hay que bajarse diez minas para sacarse del marote a la que es como todas las demás pero se ha posado en nosotros y no podemos eliminar. No es más que una mujer, común y silvestre, como las trillones de mujeres que habitan en el mundo. Por alguna razón se ha caído en la ilusión de que ella es especial, pero eso no es más que una construcción equívoca. Queda dicho.

El tratamiento venía muy mal. Esto no es sencillo, no es ir a la farmacia con la receta, agarrar el vaso, zamparse la medicación y que el agua ayude a que baje y luego el cuerpo lo asimile. No, acá hay que salir a cazar con la mira calibrada, no desaprovechar las pelotas que están picando debajo del arco o pescar con mediomundo si la situación lo amerita. Ninguna estrategia es mala estrategia si es que se quiere llegar a la decena purgatoria.   

Pero los planes de acción se fueron quemando en la semana y ahora era viernes y estaba falto de recursos. No había tachado el primer casillero siquiera e iban dos meses de “uniquitis”. Entonces recordé a una compañera de la facultad, colombiana, sin nada para resaltar físicamente, solamente que tenía el culo un poco más caído de lo recomendable, y que se las había ingeniado para que yo le pida el número de teléfono que en realidad ella quería darme. Venía de saldo la cuestión pero peor es nada. No era lo mejor pero se venía el fin de semana y me brotaba. Cuando estuviera más cerca de la decena quizás podría aguzar el paladar pero ahora había que empezar sí o sí.   

La llamé y quedamos en vernos.

Odio las citas.

Nunca me gustaron. Solo hay una cosa que se puede llamar “cita”, el primer encuentro, las otras ya no son, son justamente encuentros, es verse o como carajo se quiera decir. Pero no son citas. Si ya hubo sexo uno no se cita de nuevo. Uno va a verse con esa persona sin la carga que conlleva la palabra “cita”, tan de peli gringa bañada en grasa de tocino. Y si no hubo sexo no hay motivo para volver a ver a alguien que no quiso garchar. En definitiva tampoco hay otra cita porque es solamente la primera.

No había más remedio que caer en esa pelotudez, en esa boludez de tener que hacer cebo unos 10 minutos hasta que la susodicha baje luego de que uno tocó el portero eléctrico. Me han querido manipular para hacerme creer que debería alegrarme de esa espera. Significa que están reparando hasta el último detalle, dijeron. En su vestimenta, su maquillaje, revisando su aliento. Todas maniobras para gustar. Pero carajo no. Lo hacen por ellas. Yo no lo necesito tanto como ella. Lo que necesito es que baje cuando llamo al portero. Por eso esta vez, a los 5 minutos le toqué el timbre y le dije: "si querés, voy y te ayudo". Odio las citas.

"¿Para qué mierda me meto en esta cagadas?", me torturaba, mientras le miraba el orto a cada mina que pasaba por la vereda de la entrada de ese edificio, el último de Bolívar antes de la autopista, mientras esperaba. Y me tentaba. Quizás estaba a tiempo de decirle a cualquiera que tenía un andar magnífico, levantarle la ceja y esperar que la aventura ocurra, ir hacia lo inesperado. Pero eso es terreno de los sanos, y la “uniquitis” contamina, domestica, achata, hace ir a lo seguro. Porque a la demorada que no bajaba la iba a fagocitar. No podía permitirme dudas. No había lugar para andanzas. Hay que anotar, hay que dar el primer paso, pensaba para enfocarme de nuevo en mi misión y espantar los divagues. “A esa chica que va a bajar ahora, te guste más o menos o no, la tenés que pasar por las armas”, me ordené.

Por suerte bajó antes de que me volvieran las ganas de escapar detrás de cualquier cosa que prometiera algo más que un maldito bálsamo. La abracé y le metí un beso para ahorrar tiempo.

-¡Hey, argentino! ¿Qué fue eso?
-Un beso, nena ¿No los conocías?

Y le metí otro.

-Espera, espera, que yo no soy así.

Pero yo sí. Y lo que quería -y había logrado- es evadir toda esa ceremonia del primer beso. “Vos tenés la culpa, tanta espera me puso ansioso, no veía la hora de besarte”, dije pero por la cara que puso pensé que se había enculado y que hasta este hueso se me iba a escapar.

“Me picas cuando besas”, dijo y yo pensé por qué carajo quería salir con un tipo con barba si le molestaba que la besen barbudos. Pero enseguida me recordé que no tiene ningún tipo de sentido llamar a la razón cuando se está conversando con una mujer, por más inteligencia que tenga. Aunque la charla esté siendo razonable, las damas siempre esconden el comodín de lo sentimental para tener treinta y tres de mano. A pesar de eso y para zafar le dije que la llevaría a mi bar favorito, lo que por supuesto no era cierto, y nos fuimos al que estaba más cerca. La abracé y empezamos a caminar por San Juan. No dijimos nada. Seguimos por Defensa, pero al llegar a la plaza ella empezó a comentarme algo así como que le parecía muy bonita, así que seguimos por ahí aunque el bar estaba sobre Balcarce. Llegamos y, como sabía, era temprano y no había prácticamente nadie. Eramos los únicos en el salón de adelante. De nuevo dijo “bonito”, esta vez por el bar. A mí nada me parecía bonito. Odio las citas.

La mesera no venía aunque éramos los únicos y empezamos a conversar. Se ocupó mi compañera, casi como si siguiera un listado en el que tuviera que ir chequeando, de tocar todos los lugares comunes que la situación se supone ameritaba. Primero empezamos hablando de mi trabajo. Debe haber pocas cosas más agradables que hablar de nuestras labores cuando el fin de semana está comenzando. Pero ya me había ido al carajo con el beso en la puerta del edificio así que le seguí el juego y le conté los detalles principales por las dudas. Luego fue el momento de hablar de la familia. Y claro, yo vivo solo, me fui hace mucho de lo de mis viejos. Sí, ellos viven, por suerte los tengo conmigo. Sí, también tengo dos sobrinos, uno de cada hermano. No, un hermano y una hermana. Yo soy el del medio. Y, sí, me llevo bien con todos. Odio las citas.

No, claro que no tengo novia, no estaría acá con vos. Sí, algún día quisiera tener hijos. No, ni idea cuántos. Falta. No, falta pero sí, quiero tener. Depende, no es que me gustan los nenes en sí, me gustan algunos nenes, los que son copados. Son como todas las personas, ¿no?, hay buenas y malas. No, claro que en cierto sentido los nenes pueden ser malas personas. Bueno, por ahí tenés razón, los niños son ángeles sin maldad. Odio las citas.

La fortuna hizo que la mesera se despierte y acuda a la mesa. Dijo que nos vio hablando tan concentrados que por eso no quería interrumpir. Pedí un whisky para mí y sugerí un daiquiri de ananá para ella.

-¿Qué es ananá?- preguntó.
-Piña - instruí

Odio las citas.

Intenté llevar la conversación a mejor puerto pero era muy complicado. Descubrí que era diez años menor que yo. Y se ve que algo me debe haber activado porque me acusó de poner cara de sátiro cuando lo dijo. Lo tomé como un cumplido, aunque no se lo dije. Y siguió diciendo que yo era "cosita seria" (significa “de cuidado” en Colombia), que ella no era de "rumbearse" (garchar en la primera salida) ni del "choque y fuga" (coger y no verse más). Me frenaba. Iba a tener que trabajar. Odio las citas.

Seguimos la charla insulsa y no sabía cómo cortarla. Le dije que tenía hambre. Que compráramos una pizza y fuéramos a mi casa. Le dije de ir por Pirilo, "un lugar bien porteño al que nunca te van a llevar las empresas de turismo", solemnicé. Subimos por alguna calle que ahora no recuerdo hasta llegar. Ella puso cara de incomodidad. Era como si un aluvión espectral porteño se le hubiera aparecido. Quizás por los tacheros que se comen una muzza y faina de parados y se manchan con aceite la camisa. Por ahí porque Tuti, el perro de una de las hijas del fundador de la pizzería, entra y sale todo el tiempo, se mete al fondo, se queda en la puerta y se vuelve a meter o se va a dar una vuelta por Defensa. No hay que descartar al par de borrachines con ojos de borrachines que moscateaban en el mostrador de atrás. Quien sabe, por ahí la pizza medio frita del lugar la haya espantado. Todas cuestiones que eran fascinantes para la mujer que me condenó a la “uniquiditis”. Odio las citas.   

Nos dieron la muzzarella y nos fuimos para mi casa.

Ataqué de entrada el asunto y la abracé pero ella se evadió. Parecía que realmente tenía hambre. Tuvimos que comer la puta pizza. Odio las citas.

Después de alimentados ni quise levantar los platos. La acorralé contra el sofá y mientras me preguntaba porque le tocaba la teta yo odiaba las citas. Para luego preguntarme porqué le sacaba "el brasier" y  seguía odiando las citas. Y decirme que besaba "muy rico pero picas" y odiaba las citas. Para finalmente desnudar su torso y odiar un poco menos las citas. Tenía intención de masturbarla. Eran manotazos perdidos ante el escurridizo cierre de su jean. Mis manos eran las mensajeras de la esperanza que prometían que sí, que la muchacha se podía activar, que tenía que aflorar el Caribe pero mi mente pragmática me recordó que Bogotá no está en la costa y que hace frío todo el año. Que lo que tenía frente a mí era una rola, no una paisa. Y esta rola parecía que se había comido todo el frío de Bogotá porque no se desataba. Y cuando uno no quiere dos no pueden. Odio las citas.

"No me toques ahí", dijo. Puso una cara que podría imaginar en cualquier ámbito menos en el que estábamos. Pero bueno, ella se lo pierde, que sea otro el que le explique. O no. O qué carajo me importa. Odio las citas.

Se empezó a vestir y fue como un termómetro que me recordaba que estaba afiebrado. Veía que la primera dosis se me escapaba. Pensaba que no me iba a curar más. Que las minas son todas unas hijas de puta. Que se ponen de acuerdo para joderte. Una se hace clavo y las otras no quieren serlo. Entonces te metés el axioma de los clavos en el culo. Ninguna va a sacar a otra. Y yo necesitaba diez. Y el clavo colombiano se estaba acomodando para irse. No me quería ayudar. Le dije que nos relajáramos mientras iba a abrir otra cerveza. Que podíamos tomar una cerveza “como amigos”. En realidad hacía tiempo. Mientras iba a la heladera cavilé si contarle todo, pedirle que me dé una mano, que estaba mal y que ella podía ser noble y ayudarme. Me di cuenta que estaba más enfermo de lo que pensaba.

Volví al sofá. Me senté y le dije que dejáramos lo que había pasado atrás. Que se quedara un poco más, luego la acompañaría a su casa. Que necesitaba que se quede porque había una cosa de la que no habíamos hablado y quería saber. Luego la iba a acompañar. Le pregunté cómo era estar tan lejos de su país. Y Me dispuse a escuchar. Era la primera vez que estaba sola, Sandra, desde que se fue de Bogotá. Siempre había vivido con los padres. No quería parecer tonta pero había noches, en su departamento, que escuchaba ruidos y se metía debajo de la cama. Se quedaba ahí. Dormía ahí con todas las luces apagadas. Lo hacía hasta que el oído pegado al piso se acostumbraba a todos los ruidos. El del ascensor que subía y bajaba. Si la puerta era de un departamento de ese piso, de uno de arriba o de abajo. Si alguien tiraba la cadena del inodoro en una excursión nocturna al baño. Acaso un colectivo, el 29 seguramente, que furtivamente pasaba por Bolívar y hacía retumbar las paredes. Quería probar alguna vez escuchar el sonido de la puerta de su propio departamento pero era imposible. Lo podía intentar durante el día, pidiéndole a alguna amiga que abriera la puerta, pero los sonidos no serían iguales que a la noche. No sería una prueba válida. Entonces intentaba descifrar todos los sonidos, catalogarlos como los que no eran de su puerta para que si alguna vez había disonancia entender que la puerta que se estaba abriendo era la suya. Pensaba en llamar a Colombia en esos momentos pero era mayor el temor a incomodar a sus viejos que el miedo a que le pasara algo. No quería que sufran ya que le habían dado un gran impulso, no solamente económico, para que se fuera a estudiar tan lejos de su casa. Había pensado que quizás algunas pastillas la podían ayudar pero no quería generar una dependencia. Quizás las necesitaría para siempre y este era un tema que tenía que afrontar por sí misma. Sin ayudas químicas. Igual, en poco tiempo iba a llegar una amiga a visitarla. Faltaban 23 días e iba a hacer lo posible para que se quedara o por lo menos decidiera regresar para estudiar más adelante. Podrían compartir el departamento. Estar juntas. Y los argentinos eran tal cual se los imaginaba. Lanzados. Acelerados. La quería corregir diciéndole que así son los porteños pero me pareció mejor no interrumpirla. Que Buenos Aires no era como Bogotá, me dijo. Que quizás eso era porque allá ella se sentía más segura porque conocía, me permití sugerir y ella asintió. Le dije que algún día podría sentir algo similar acá. Dijo que se le hacía muy difícil. “Muy duro”, dijo. Y que para todos lo era quería explicarle aunque mejor era que se diera cuenta algún día por sí misma. Le dije que podía ayudarla a aclimatarse más a la ciudad. Que me dejara que le leyera algo. Fui a buscar las “Aguafuertes Porteñas” de Roberto Arlt. Le entregué una porción de un Buenos Aires que ya no existe pero que ahí, en ese PH de San Telmo, nosotros podíamos luchar porque existiera. Nos detuvimos en las palabras que no comprendía. Pasaban los relatos y nos entusiasmábamos. Empezamos a divagar con ir a ver por nosotros mismos cada referencia de la ciudad que encontrábamos en los textos. Hasta que le dije que esa noche, si quería, no se iba a tener que esconder debajo de la cama. Que yo le iba a leer hasta que se quedara dormida.    


Faltan nueve. Odio las citas.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Lego



Ya sabía que estaban ahí. Pero cuando desarmaba la valija y los volvió a ver fue como que la duda nuevamente se presentaba. El momento del retorno de ver a Tony y los nenes, y más precisamente el de desarmar la valija, era dual. Por un lado había placer, como si fuera Navidad, Reyes o algo así. Porque empezaba a sacar los cuadernos de la colección nueva de Hello Kitty, las cajas de Aunt Jemima con el polvo para hacer los pancakes, el syrup, la ropa conseguida a precios baratísimos y las series y películas en blue ray. Tener un hermano viviendo en Estados Unidos era fabuloso, sí, pero también la entristecía saber que eso eran vacaciones y nada más. Que lo cotidiano estaba lejos de ser unos panqueques recién horneados y bañados de dulce en la mañana.

Esta vez la maleta estaba un poco más pesada para Fernanda. En el fondo estaba esa caja, un poco abollada por el peso de los cuadernos de Hello Kity, las cajas de Aunt Jemima, las botellas de syrup, las pelis y la ropa comprada de los estantes que decían “clearance”. Un poco maltratada por soportar esa carga estaba la caja con el castillo de la colección “Prince of Persia” de Lego. La que era imposible conseguir en la Argentina, al igual que todas las cosas que traía de Miami cada vez que visitaba a Tony, Luke y Sonny; aunque también estaba Pam.

Su hermano tenía éxito, se había ido muy joven a hacer su maestría en Columbia y no bien egresado consiguió trabajo en un estudio de abogados en Coral Gables. Vivía en Fort Lauderdale y había dos días geniales en cada visita que le hacía. Uno era cuando todos iban juntos a Sawgrass y el otro cuando su cuñada le prestaba el auto con cambios automáticos para que fuera hasta el trabajo de su hermano a compartir el almuerzo. Era el momento tan ansiado en que comían Rigatoni con costillas de cerdo en Randazzo’s y se ponían al día. Ella le contaba de sus padres, algo de su vida y mucho de cómo estaba Buenos Aires; él también de cómo iba su vida y sus planes a futuro, porque allí sí que se podía planear. Era el único momento en que se quedaban solos, sin los nenes ni Pam. Luego Fernanda, después de que Tony se iba a la oficina, comenzaba a caminar por Miracle Mille despacio, aletargando el cigarrillo, disfrutando de ver a los americanos que caminaban por esa ciudad de América para luego doblar en Salzedo y finalmente hacer media cuadra por Aragon Avenue hasta llegar a Books and Books y sumergirse en una tarde de literatura sajona. La ilusionaba pensar que esa podía ser su vida. Que cada día podía ser eso.

Entonces volver siempre tenía una cuota de decepción y esta vez peor. Acá estaba Ricardo y esperaba por la caja de Lego. Ricardo no había respondido ni una vez al Skype en las dos semanas que ella estuvo de paseo en Miami. Le había dicho que no quería hablar “por eso” ni chatear ni emails. Que todo “eso” no le gustaba. Que era de hablar frente a frente. Que el mundo había perdido el sentido de la comunicación real. Siempre se emperraba con las cosas y no había forma de convencerlo. Era como que buscara puntos en que se pudiera establecer el contacto entre ambos para bombardearlos. No se entendía la necesidad constante que tenía en hacerle entender que no eran novios. Pero que  tampoco eran amigos, decía. “Porque yo a mis amigos no me los cojo”, agregaba con vulgaridad. Que no le gustaban las etiquetas, remarcaba. Que no hacía falta pensar en esas cosas. Pero la desconexión de esos días parecía mucho. Demasiado.  

Y ahora estaban los Lego que ella se había tomado el trabajo de comprar por Amazon, porque él no entendía cómo se hacían las compras online. Por eso Fernanda se ocupó. Primero le dijo que iba a ver a Tony y si quería le podía traer algo de Miami. La sorprendió que Richard (apodo que a él no le gustaba) le dijera que para él no quería nada, pero que al sobrino le iba a encantar que le trajera “algo de Lego”. Ni sabía qué podía ser, si un muñeco, una nave o un castillo, como ella finalmente consiguió. Fue todo un debate porque Ricardo se empecinaba en que daba lo mismo, que trajera cualquier cosa, pero Fernanda insistía en que averiguara qué le gustaba al sobrino. Que no era todo igual.

“Hay miles de cosas de Lego. De las Guerras de las Galaxias, de Harry Potter, de Lord of the Rings, averigua qué quiere”, explicaba ella. Pero para Ricardo daba igual y quería que sea una sorpresa. Que si le preguntaba no iba a ser sorpresa, aseguraba. Y Fernanda se acordó de que Ricardo había ido con su sobrino a ver la película de Prince of Persia y fue ella quien se fijó en Amazon y encontró el castillo. Lo compró y se lo mandó por correo a Fort Lauderdale, a la casa de Tony, que ya estaba acostumbrado a que los empleados del correo pasaran seguido cuando estaba por visitarlo Fernanda.

Miró la caja con detenimiento. Había una ilustración de los cuatro muñecos: uno era el príncipe, otro la princesa y dos malos. También había un camello y el castillo propiamente dicho. Era un regalo que no era habitual que los nenes recibieran. No acá. No en Buenos Aires. Tampoco había costado mucho, apenas 35 dólares, pero aquí tranquilamente podría costar el doble o el triple. Ricardo iba a ser el ídolo de su sobrino.

Sabía que estaba de regreso. Tenía que saberlo aunque no hubiera sido capaz de conversar ni cinco minutos en esos 14 días. Fernanda, al irse, le había dicho que ese domingo llegaba por la mañana. Lo había dicho con la ilusión de que Ricardo se ofreciera a ir a buscarla pero había sido solamente una esperanza. Dejó todo a medio acomodar y se recostó sobre la cama junto a la caja con los muñecos. Prendió la TV y le quitó el volumen. Lo llamó.

Decepción. No hubo exclamación del otro lado de la línea. Parecía como si se hubieran visto ayer. Nada de preguntas sobre qué se había comprado, cómo estaban sus sobrinos, si a su hermano le estaba yendo bien. Menos aún si lo había extrañado y ni siquiera sobre cómo había estado el clima en Miami. Lo único por lo que preguntó Ricardo fue si había podido traer los Lego.

“Yo estoy bien, gracias”, dijo Fernanda intentando ponerle un poco de ironía a una conversación que estaba empezando a ceñirle el pecho. “No me respondiste. ¿Los trajiste?”, repitió Ricardo.

De repente los Lego, que a Ricardo no le importaba si eran de Mi Pequeño Pony, Frutillitas o Mickey Mouse, ya que no había pedido ninguna colección en especial, parecían ser lo único en lo que podía demostrar interés. El, que no sabía comprar online, que renegaba de todo lo que sea “yanqui”, lo único que tenía para decirle luego de dos semanas sin verse era referido a cuatro muñecos, un castillo y un camello que estaban en la caja que ahora Fernanda sostenía con su mano derecha. 

Cortó. Aunque sabía que él no iba a llamarla de nuevo cortó. A pesar de que no habían pasado más de tres meses desde que se conocieron, Fernanda ya había descubierto cómo funcionaba  Ricardo. Nunca daba el brazo a torcer. Siempre tenía que mostrar que era un macho alfa. Si salían a comer no le preguntaba a dónde quería ir, ni siquiera le decía a dónde iban. Ella simplemente se subía al auto y llegaban al lugar que Ricardo había dispuesto. Lo mismo pasaba con las citas -aunque Richard decía que odiaba esa palabra-, que sucedían solamente cuando él la llamaba para proponerle un encuentro.

Hubo una vez que Fernanda estuvo sola en su casa, fue en otro domingo en que sus padres se habían ido a pasar el día a una quinta de unos amigos en Cardales. Al principio la reconfortó la soledad en la casa donde se había criado con Tony. Se levantó de su cama, salió al pasillo y escuchó la quietud del mediodía. No pasaban autos por esa calle de Castelar y no podía distinguir en particular ningún sonido. Al bajar por la escalera al comedor empezó a escuchar el sonido de la heladera. Fue a buscar un pote de Chomps. Abrió, agarró uno, se lo llevó a la boca, se acomodó la bombacha que le apretaba debajo del pijama y subió con el pote nuevamente pero en el pasillo giró para ir al cuarto de sus padres. Se tiró en el sommier, que era “king size”, dos metros por dos metros, y se puso a ver Los Simpsons. La noche anterior había estado con Ricardo y el placer del encuentro perduraba ahora que estaba con su pijama de Hello Kitty, recién despierta, tirada en la cama gigante y haciendo nada. Pero el placer de la nada le duró menos de una hora. Pensó que sería excitante invitarlo a pasar la tarde a su casa. Miró el colchón en toda su extensión y se imaginó a Ricardo ahí, como un toro, llevándola de un costado a otro, arremetiendo, como buscando algo que nunca se termina de encontrar, destruyendo toda mueca de letargo que sus padres hayan edificado allí. Y lo llamó. Pero Ricardo le dijo que iba a la cancha ese día. Y, como si quisiera aclarar que el fútbol no era la única razón por la que no iría, agregó que no sabía si verse los domingos era buena idea.      

Se fijó en el registro de llamadas del celular y vio que no habían pasado ni cinco minutos desde que le cortó. ¿No le importaban los Lego? Tenía la caja en la mano. De un borde. Empezó a hacer malabares. Era desafiante. Quizás podía caerse y romperse. Eran apenas 35 dólares. No era importante. ¿O acaso Ricardo la había llamado después que cortó? Le sacó la lengua a la caja. Dejó el celular y empezó a lanzar la caja hacia arriba mientras acostada jugaba a que le podía pegar en la cara. La lanzaba e intentaba tomarla justo cuando quedaba de canto. Sonreía. Se escuchaba como las piezas iban de un lado a otro mientras volaban. Era como si los muñecos estuvieran en el Samba, aquel juego del Italpark que le encantaba cuando era una nena.

Pero falló y la caja le pegó en la cara y cayó al piso. La única manera de revisar si las piezas habían sufrido algún daño era abriendo la caja. Podía hacerlo pero a Ricardo no le parecería bien que el regalo para su sobrino haya sido abierto. Lo que quizás no era importante porque por ahí nunca le daría los Lego a Ricardo. No si él no llamaba. Entonces que la caja se quede en el piso. Si total él no llamaba.

Pero era una estupidez tener esa caja en su cuarto. Tenía que dárselos. Revisó el celular: habían pasado ocho minutos desde que le cortó. Pensó en llamar a Marcela, contarle que había vuelto y que la ayudara a dilucidar sobre el destino que debía darle a la caja de muñecos. Pero quizás en ese momento Ricardo podía llamar y ella no hiciera a tiempo de cortar abruptamente con Marcela, si se daba el milagro de que Richard llame, y no hablarían más porque él no llamaría dos veces.

Se puso de costado en la cama, abrazándose las piernas como para hacer más fuerza. Para pensar mejor. Era un ejercicio que le hacía bien y le daba resultado cuando se sentía en una encrucijada. ¿Cómo era posible estar en una situación tan absurda? “Despersonalizá, despersonalizá”, se decía. Tenía que hacer de cuenta que lo que estaba pasando no la tenía a ella como protagonista. Tomar distancia de la circunstancia. Darse cuenta de que tenía una relación con una persona que lo único que esperaba de ella eran unos Lego. Que una vez más estaba en esa zona de poco amor propio. Que aunque lo quería evitar sentía que era historia repetida. Que no importaba que Ricardo fuera un tipo que decía ir de frente, que le vivía aclarando que no quería ningún tipo de compromiso. Había sido honesto, incluso luego de la primera vez que se acostaron. La había fascinado como Ricardo se había transformado cuando lo tuvo en su cama. Su seducción había sido distante, casi histérica. Desde lejos pero con pequeñas dosis de interés. Había sabido escalar formidablemente y si hay algo que la decepcionaba eran los hombres que no sabían escalar, que no sabían graduar lúdicamente los pasos necesarios para aterrizar en el lecho. Y si bien con Ricardo desde el primer encuentro  -en el cumpleaños aquel al que Marcela le había pedido que la acompañe- supo que iba a terminar entreverada, la engalanó ver cómo él fue generando la tensión para que el momento en que se besaron fuera como una fuga planeada durante años.

Y la noche en que Ricardo la montó por primera vez, después, cuando ambos sentían que ya habían dejado escapar el deseo capturado, él volvió a tomar distancia. La preocupó pensar que quizás las cosas no habían sido tan buenas para él como para ella. No había notado nada raro, ningún gesto o signo de que algo hubiera estado mal. Todo lo contrario. Pensaba que pocas veces se daba que el primer encuentro fuera magnífico, que el mutuo conocimiento iba haciendo que las piezas encastren, pero que todo eso se suplía con la fantasía del anhelo cumplido, con la constatación de la desnudez ajena y la exhibición de la propia. En particular cuando finalmente podía ver de qué tamaño era la pija de su compañero. Jugaba a anticipar los calibres antes de ir a la cama. Y con Ricardo había presentido y confirmado que era una pija de buena proporción.    

Pero a los treinta y tres años y sin haberse cuidado mucho físicamente la asaltaban ciertas dudas. No entendía cómo había cambiado tanto su actitud, y no por la distancia, algo que ya había experimentado con algunos hombres que actuaban como si la eyaculación hubiera sido un elemento que una vez despojado les permitía continuar con sus vidas. No era por el después, era por el durante que se lo preguntaba Fernanda. Porque Ricardo la había cogido con lujuria y poesía a la vez. Su cuerpo parecía seguir las indicaciones de un pornógrafo pero las palabras que decía, y que sabía sostener muy bien con la mirada, sonaban idílicas. Quería retener y recordar las frases pero estaba tan poseída que no podía. No había reparado en un principio que a él le gustaba hablar mientras cogía y luego el arrebato de orgasmos la terminó aturdiendo. La conjunción de ambos Ricardo la hizo ceder y se perdió.

Pero la razón regresó mientras él se levantaba de la cama y se iba del cuarto. Quizás al baño, la cocina o ambos lugares.

Ricardo no parecía superficial pero quizás su cuerpo no hubiera sido lo suficientemente bello para él. El apartamiento de su compañero esta vez era más disonante que lo que había experimentado con otros hombres. Se atormentaba. Ricardo volvió con un vaso de gaseosa, se lo dio y le dijo: “Te podés quedar si querés. Pero yo no estoy buscando una relación. Las reglas claras, ¿OK?”.

En ese momento le pareció que, si bien frío, Ricardo era un hombre íntegro por no querer jugar ni andar con vueltas. Incluso pensó que quizás eso era madurar: no joderle los sentimientos a los demás. Y Ricardo había sido franco. Era alguien que no le iba a prometer boludeces. No la iba a ilusionar al pedo. Quizás al fin había encontrado un compañero con el que se podía tener una relación adulta, sin mentiras, sin disfraces, sin caretas.

Levantó la caja de Lego del piso y la puso en su escritorio. “La honestidad no es un bien en sí mismo”. Eso dijo Fernanda cuando Ricardo le había asegurado que no se contactaría con ella en las dos semanas que pasaría de vacaciones en Miami. La frase le nació a su terapeuta en una sesión. Y esa afirmación tan cierta fue escrita 18 veces, una por renglón, en la primera hoja de uno de los cuadernos de Hello Kitty que había traído del viaje y que ahora leía. “Un bien en sí mismo no es la honestidad” escribió ahora en la primera página de otro cuaderno. Pero esta vez subrayó en “honestidad”. Dieciocho veces subrayó.

Sonó el celular. Llamada entrante de Richard decía la pantalla. Ricardo saludó, preguntó a Fernanda si pensaba estar en su casa y luego de la confirmación le dijo que estaría por Castelar en 40 minutos. Saludó y cortó.

La caja de los Lego. Comenzó a alzarla lentamente. Despacio. Con el oído pegado. Buscando dilucidar si había alguna rotura. Quizás el camello. Por ahí alguna estructura del castillo. Tal vez la princesa. Era imposible darse cuenta si había algún daño pero si lo hubiera quería que no sea la princesa. No había una razón para la preferencia y de hecho el sobrino de Ricardo, al que no conocía, seguramente de haber tenido que sacrificar alguno de los elementos de la caja hubiera optado en primer lugar por la princesa.
Revisó el celular. La conversación había durado 17 segundos. Ricardo era muy puntual así que se fue a bañar y arreglarse para cuando llegara. Era domingo y estaba en su casa. Podía mostrarse informal y elegir una musculosa y un pantalón corto de jean.  

Sonó el celular. Era un mensaje de texto de Ricardo, que esperaba afuera. Estaba parado al lado del auto, cruzando la calle en la que escaseaba el tráfico.  

Fue a su encuentro. Ricardo no gritó pero habló con vehemencia que sonaba a gritos. Sí, claro que Fernanda sabía que el sobrino de Ricardo había quedado huérfano hace un año. Claro que era poco tiempo. No había reparado en detalle en eso pero le parecía lógico que sintiera la ausencia y por supuesto que sabía que Ricardo lo quería mucho. No, jamás se le había ocurrido especular con eso y la caja de Lego. Era una asociación forzada. Solamente quería hacerle un favor. Conseguírselos para que fuera un ídolo de tío. Y lloraba porque estaba movilizada, Ricardo, no para hacer sentir mal a nadie. No, no quería tapar con lágrimas la cagada que se estaba mandando. Simplemente quería que las cosas fueran de otra forma. Que se comunicaran. No, no le echaba en cara que él fuera poco comunicativo. No era eso lo que quería decir. Que no importaba igual lo que quería decir. Pero que ella cuando decía que quería lo mejor para él lo decía en serio. No, que no dijera basura porque era una palabra muy hiriente. Sí, que estaba de acuerdo en que jugar con la ilusión de un nene era de mala persona pero que ella no quiso hacer eso. Ella solamente lo había extrañado mucho y quería ir algún día a Books and books con él. No, era una forma de decir, que ya sabía que a él no le gusta América, bueno, Estados Unidos, es así como ella le dice. No, Fernanda no sabía la especial asociación que tenían los Lego con Javier, el sobrino. No podía saberlo, si no hablaban mucho de nada de su familia. No, no era de nuevo un reproche, era para que la entienda. Nada más. No sabía que Javier, su papá y su mamá viajaban una vez por año a Orlando y que siempre le compraban algo de Lego. Que qué lindo eso, porque Orlando estaba genial y ahí estaba Disney World, seguro que era lindo para Javier. No, tampoco se le había ocurrido que podía ser un mensaje de tranquilidad para Javiercito, algo así como decirle que a pesar de que el papi no esté más la vida seguía, que los Lego seguían apareciendo, que lo seguían queriendo. Y sí, Ricardo, se entendía el enojo pero era comprensible por la falta de diálogo. No, no estaba volviendo con lo mismo. Es que las cosas a veces no salen como uno quiere.